“Nada de nuestro secreto se desvanecerá, pues todas las palabras no pueden contarlo, que cuando estuviera todo dicho el secreto no se habrá arriesgado, nadie lo descubrirá, ni como es ni si es secreto en un sueño o en lo real.”
Macedonio Fernández


Cuando se piensa en culturas milenarias o sociedades tradicionales que han sabido perdurar, se desestima lo ligadas que están en esas culturas las creencias y prácticas colectivas al mundo natural y sobre todo al conocimiento de dicho mundo.
Herederas de uno de los patrimonios naturales y genéticos mas diversos del planeta y de antiguas civilizaciones en las que el componente agrario era fundamental, las tradiciones vegetalistas del Perú dan cuenta de un sólido pacto con la naturaleza Ese pacto es renovado a través de rituales cotidianos en lo que magia y medicina se fecundan mutuamente, como aquellos que incluyen el uso curativo y adivinatorio de hojas de Coca, cactus San Pedro o liana de Ayahuasca, las tres principales plantas maestras del Perú.
Si bien esos rituales han ido asimilando simbologías, fórmulas y usos provenientes tanto del catolicismo como de la modernidad occidental, se remontan a un legado preinca cargado de mitos y misterios que el racionalismo se ve cada vez más empujados a revisar dicotomías antes incuestionadas como modernidad/tradición, ciencia/mitología, conocimiento/experiencia o naturaleza/cultura.
Y al hacerlo van descubriendo que lo más importante tal vez sea ser abierto y experimentar. Experimentar que en el caso del ayahuasca significa ver dentro de una tradición de conocimiento y participar de una cosmovisión que en sentido amplio conducen al arte de curar, es decir al arte de vivir en balance y reducir el conflicto, de ahuyenta la tristeza, calmar el dolor y evitar el daño. En suma de vivir mejor.
Desde tiempos inmemoriales, el misticismo andino ha expresado su reverencia a la naturaleza, en numerosos lugares considerados sagrados, sean nevados, cerros, lagunas, ríos, bosques lluviosos o valles, escenarios de ritos que recrean el vínculo profundo del hombre con su entorno.
Las religiones nativas, aunque fusionadas en muchos aspectos con el catolicismo, mantienen rituales propios como los pagos a la Pachamama o Madre Tierra (compartiendo con ella sus mejores frutos, como las hojas de coca, la papa, el maíz y la chicha) y otras ceremonias que permanecen celosamente ocultas a los ojos foráneos.
Esta comunión de los indios con la naturaleza les ha permitido desarrollar un profundo conocimiento de las plantas maestras, cuya madre o espíritu abre, mediante un aprendizaje visionario y onírico un camino iniciativo que conduce al conocimiento y al arte de curar.

PLANTAS MAESTRAS

La planta maestra por excelencia en la Amazonía sudamericana es el Ayahuasca (Banisteriopsis caapi). Esta enredadera del alma o soga de los muertos se prepara ceremonialmente junto con la Chacruna (Psicotria viridis), planta que pinta las visiones, pues sin ella el ayahuasca tendría efectos purgativos pero no psicoactivos. Esta mezcla, que revela un sorprendente manejo etnobotánico de las poblaciones nativas, ha despertado el interés mundial debido a su potencial para la exploración del psiquismo, los procesos curativos y el entorno natural.
La ingesta del ayahuasca genera un sentimiento de fusión con el universo a través de fabulosas visiones y un cambio en la percepción del cuerpo, el tiempo, el espacio y el sonido. Los poderosos cantos o ícaros de los maestros se convierten en un patrón oscilantes que lo penetra todo y nos conecta con planos más sutiles, no percibidos en un estado ordinario de conciencia. Emociones y pensamientos vibran y el cuerpo es un conjunto de fluidos que circulan, tejidos pulsantes y energía que se expande más allá de nuestra piel. La exuberante biodiversidad selvática deviene un concierto de vida que, según muchos testimonios, parece contestar a nuestras preguntas interiores.
En el sur andino, asiento de las naciones quechua y aymará, los Kallahuayas, los Altomisayoc, los Pampamisayoc, los Pacos y otros sacerdotes andinos veneran la hoja de coca o Mamacoca a la que consideran una planta sagrada. Muchos campesinos, pastores y mineros la utilizan para confortar el cuerpo y el espíritu, al levantarse ofrecen sus mejores hojas a los Apus o señores de las montañas antes de iniciar sus labores. Al igual que sus antepasados y héroes míticos, consultan a la coca sus decisiones importantes. En los rituales de reciprocidad con la Pachamama y los miembros de la comunidad, su ausencia seria una ofensa imperdonable.
También el San Pedro o guachuma tiene gran presencia en los Andes, especialmente en la costa y sierra norte del Perú. La referencia mas antigua es un grabado en piedra de mas de 3.000 años de la Cultura Chavin, allí aparece una criatura con pelos serpentinos, colmillos de jaguar y garras de un águila que sostiene el cactus columnar. Muchos curanderos lo infieren y convidan en las huacas (recintos arqueológicos sagrados) o cerca de las fabulosas lagunas de Las Huaringas, cuyos baños milagrosos han motivado peregrinaciones a las alturas del departamento de Piura desde tiempos remotos. El San Pedro es utilizado en el contexto ceremonial para facilitar la conexión con los cerros, lagunas y plantas poderosas invocadas por los curanderos en su mesa, término aplicado tanto a la ceremonia como a los objetos rituales utilizados. Al igual que con otra plantas maestras, los curanderos mayores ingieren dosis cada vez mas bajas o prescinden de ellas para entrar en un estado alterno de conciencia, esta modificación les permite afinar su percepción para el diagnóstico y la adivinación.

 

ANIMALES TUTELARES

A través de estos poderosos vegetales, los iniciados invocan a sus animales tutelares. Con cantos ceremoniales, estos hombres-medicina entran en una forma de resonancia con algunas especies (felinos, reptiles y aves) para disponer temporalmente de sus facultades o virtudes. En el Perú, desde tiempos prehispánicos, se asocia al chamanismo con el puma, este felino, capaz de bajar a la costa, desplazarse hasta los picos nevados y cazar en la Amazonia, es un animal que otorga valor y fuerza. En los antiguos diccionarios de la lengua quechua se encuentra el término puma-runa, usado para nombrar a las personas que tienen seis dedos como el puma, hombres que eran también considerados Huaca-runa, es decir, hombres sagrados. Asi la ciudad del Cuzco fue trazada en forma de puma por orden del Inca Pachacutec, simbolizando de esta manera su fuerza y poder en los Andes. El Titicaca, lago originario del que surgieron los fundadores del Imperio Incaico, significa puma de piedra y, fotografiado desde el satélite, algunos distinguen en su forma la silueta de un felino al acecho.
Entre los reptiles, la serpiente simboliza, para diferentes culturas, la energía que se activa en la evolución espiritual. Durante la mareación, efecto de haber bebido el ayahuasca, nativos y personas de diversos contextos culturales afirman haber percibido en sus visiones coloridas y luminosas serpientes reptantes.
El cóndor, ave de gran envergadura que vuela desde la costa hasta las alturas andinas, vive en los helados riscos escarpados donde residen los Apus o poderes de las montañas. Los andenes de Pisac en el Cuzco y la Huaca tallada en piedra de Kuntur Orco (Cerro del Cóndor) son asombrosos observatorios astronómicos que emulan la forma de este animal. Los incas lo consideraban mensajero de lo divino, encargado de llevar el espíritu de los fallecidos al Hanan Pacha, o mundo de arriba.